DON SANCHO EN LA MANCHA Y SU ESCUDERO

No aterra tanto la locura del Quijote como su muerte. No sé si acabó con las novelas de caballerías, póngolo en duda. Pero nadie podrá negar que con su muerte perdimos a un romántico, como con el alma de Sancho se esfumó la fe en el hombre, la creencia en el ser humano y la última simiente libre, a manos del capricho del viento.
Hoy las letras se apelotonan en los diarios como hojas de otoño desquiciadas para denunciar el efecto invernadero y anunciarnos la última muerte escenificada.
Hace mucho tiempo, por allá cuando murió el caballero de la triste figura, que el planeta no es más que un invernadero. Ya nada nace como bruto, cristal, pez o ave. Hasta el alma se recicla para que los muros sin precipicio, los cristales sin agua, los brutos sin raíz, los peces sin escamas y las aves sin libertad, no se embruten el alma. Todo son calles sin camino. Todo camino sin pasos. Todo irrisorio porvenir.
Desde la altura que me ofrece este asno que me lleva y me trae por ventas que son castillos, por castillos que son ventas. Cargado de ínsulas como alforjas de necesaria hambruna. Acompañado de quien os descubrió el azogue del alma. Os ruego que no protejáis la naturaleza. No hubo, que sepa este infeliz y torpe caminante, encina ni roble de cien años que pidiera ayuda a ningún gobierno de humanos ni a humano gobernante. Si algún clamor se deja oír en las tierras que atravieso no es un grito de socorro ni de ayuda sino de respeto. Escuchad a los árboles, dicen sus ramas entre brotes de vida nueva que los dejéis en paz. No me cuides, dicen. Me conformo con que no me mates.
Que cada uno mire en su Mancha las huellas de los pasos de su locura. Que cada cual hable con su silencio de estrellas. Ni ellas, ni su silencio, ni la tierra que caminas te necesitó nunca para ser.
Desde la altura que me ofrece este asno que me lleva y me trae por ventas que son castillos, por castillos que son ventas. Cargado de ínsulas como alforjas de necesaria hambruna. Acompañado de quien os descubrió el azogue del alma. Os ruego que no protejáis la naturaleza. No hubo, que sepa este infeliz y torpe caminante, encina ni roble de cien años que pidiera ayuda a ningún gobierno de humanos ni a humano gobernante. Si algún clamor se deja oír en las tierras que atravieso no es un grito de socorro ni de ayuda sino de respeto. Escuchad a los árboles, dicen sus ramas entre brotes de vida nueva que los dejéis en paz. No me cuides, dicen. Me conformo con que no me mates.
Que cada uno mire en su Mancha las huellas de los pasos de su locura. Que cada cual hable con su silencio de estrellas. Ni ellas, ni su silencio, ni la tierra que caminas te necesitó nunca para ser.



