
A todas y cada una de las almas que durante este año han compartido aula en el crédito de poesía. A las almas que, ora con palabras, ora con silencios, se hablaron a sí mismas y al mundo, desde esta página en blanco. Me dáis la vida. Os hallaré siempre en mí.
Albert Einstein fue el resultado de la unión de la filosofía y la ciencia. Después de encontrar la teoría de la relatividad, quiso unir el universo de cada universo a la partícula más íntima e ínfima del propio universo. No lo consiguió. Era y es imposible. Ante esa inmensidad circular compuesta de infinidad de pequeñas inmensidades esféricas, la razón busca el camino de la vida y el alma contempla sentada en las cornisas cómo la vida va a la vida. La razón, sin embargo, mirada que distorsiona la mirada en un espejo, se duele del ciclón de arena y agua que azota al alma y no entiende cómo puede una fuerza tan grande vivir por siempre atrapada. El científico murió sabiendo, como el filósofo, que ese terreno que une unos a otros no es otro que el poeta.
Y el poeta habita como habla, en la más incierta soledad, y contempla los cien mil pasos de la razón para un solo paso del alma.